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La profecía

Mucho se había comentado antes del estreno sobre la necesidad de hacer este remake y sobre la discutida elección del niño Seamus Davey Fitzpatrick para encarnar a Damien, el mismísimo Satán. Lo cierto es que, sin aspirar a demasiado, el resultado que nos ofrece esta nueva Profecía no es del todo insatisfactorio.
Para los que hayan visto la película original de 1976, dirigida por Richard Donner, el argumento permanece prácticamente invariable. El diplomático Robert Thorn (Liev Schreiber) se encuentra en una difícil situación: su esposa acaba de tener un hijo muerto y parece que no podrá volver a quedarse embarazada. La solución le llega de mano de un sacerdote que le propone hacerse cargo de un bebé cuya madre acaba de morir simultáneamente en el parto. Thorn acepta y oculta la verdad a su esposa (Julia Stiles). Con el paso de los años y conforme Damien, el retoño, se acerca a su sexto cumpleaños, una serie de extrañas muertes y terroríficos sucesos envuelven a la familia.

Tras acabar la proyección tanto un servidor como los que me acompañaban coincidimos en que la película sufre de una primera parte previsible y falta de imaginación para luego encarar un tramo final mucho más inspirado y energético que, pese al inicio, consigue dejar un buen sabor de boca y remedia los fallos cometidos. Ese primer tramo se encarga de explicar los orígenes de lo que luego veremos a continuación y, por ello mismo, es menos propicio a infundir miedo directamente. Debido a esto, el director opta por una política de “que no decaiga la fiesta”, de manera que, cada diez minutillos, te pone un ruido de quinientos decibelios para que pegues el bote en tu asiento. Intentar dar miedo con trucos tan manidos como imágenes escabrosas que al final resultan ser sueños o personajes que aparecen de la nada, resulta penoso. Seguro que habéis visto alguna típica película en que eres capaz de anticipar el susto al milímetro, sabiendo que sólo te impresionarás porque el ruido torturará tu tímpano. Es el caso.
Bueno, llegados a este punto, es hora de aclarar que de la mitad en adelante la película encuentra su equilibrio e inicia una apreciable mejoría. Las escenas están mejor planificadas y se consigue transmitir el miedo de una forma más fría y oscura, mostrando que el poder de Damien es algo a lo que no se puede escapar, sencillamente porque trasciende de su persona para pasar a dominar a fieras, esbirros y voluntades ajenas. Por otra parte, la banda sonora compuesta por Marco Beltrami se ajusta a la perfección a la historia y logra crear la necesaria sensación de angustia y pavor.

En cuanto al reparto, y prescindiendo de comparaciones con la original, la elección me parece bastante acertada. Liev Schreiber encarna con soltura al patriarca de los Thorn, que pasa de la mayor incredulidad a la búsqueda de respuestas ante los acontecimientos, hasta llegar un final en el que quizás su interpretación carece del sentimiento y angustia necesarios para lo terrible de la situación. Julia Stiles no es que tenga mucha cancha para lucirse, pero al menos no molesta. David Thewlis (al que hace poco veíamos en Instinto Básico 2) otorga a su personaje la energía necesaria para actuar como motor de la investigación sobre los orígenes del niño sin resultar forzado. Por último, también encontramos como secundarios a Pete Postlethwaite y a Michael Gambon. El primero interpreta al cura que alerta a Schreiber y que, con esa cara, acojonaría a cualquiera; y el segundo pasaba por el plató vestido de Dumbledore y soltó una frasecita, porque hay que tener morro para decir que éste gran actor actúa en este remake.

Si amigos, sé lo que pensáis, que me faltan los personajes más jugosos. Bien, es que quería dejar lo peor y lo mejor para el final. Si empezaba esta crítica hablando de las dudas que generaban las capacidades artísticas de Seamus Davey Fitzpatrick, llegó el momento de decir que, a la vista de su actuación, se confirman vuestros peores presentimientos: el niño es una patata. Se limita a fruncir el ceño y a no mediar palabra con nadie, como si eso fuera especialmente siniestro. Su actuación, por llamarla así, es desastrosa y resta intensidad al conjunto. Una elección más acertada habría dado más jugo, habiendo, como hay, niños verdaderamente buenos (se me vienen a la cabeza Dakota Fanning y Freddie Hilgmore). Para contrarrestar este fallo de casting, encontramos la mejor elección de reparto: Mia Farrow. La eterna Rosemary suma a su carrera este papel de niñera diabólica, servidora de Satanás, que nos ofrece las mejores y más impactantes escenas de toda la película, con especial mención a una en un hospital que realmente pone los pelos de punta. Su candidez aparente contrasta con su mirada fría y sus actos sangrientos.

En resumen, una película de terror algo mejor que la media, que nos brinda algunos buenos momentos y que, inevitablemente, debe cargar con el peso de la comparación.

Lo mejor: Mia Farrow en plan psycho-tranqui y en plan desatada. La escena del hospital.
Lo peor: Los previsibles sustos de relleno que copan toda la primera parte.
Nota: 6,5.

Para el papel de Damien también hubiera valido poner a Mini yo, que es casi maligno jejeje.